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El gaucho
El bocio
La serenata
Los fogones
El matadero
Las chinganas
Tonadas cuyanas
del siglo XLX

Quien te amaba
ya se va

El martirio o La tirana
Dos tonadas
que son una
Juan Gualberto Godoy
Tonada en romance
El medio amante
y Yo vendo
unos ojos negros

Tonada de las
Sierras Morenas

Influencia chilena
en la tonada cuyana
 
Fotografías
 
Agradecimientos

El gaucho andino-cuyano y su medio geográfico

“El gaucho de la pampa argentina, popularizado por la literatura y por el arte, no es precisamente el gaucho de Mendoza, San Juan o San Luis. Se diferencian notablemente en sus modos de expresión, en sus hábitos, en sus prendas de vestir, y hasta en su cabalgadura, de acuerdo a uno y otro, en el escenario en que actuaron.
El gaucho andino prefiere la mula al caballo, porque la sabe dotada de mejores condiciones para el trabajo de montaña, más resistente al trabajo de la cordillera. Aquella con un instinto de adivinación de peligro, que hace imposible al jinete obligarla a avanzar o a apresurarse, cuando ella presiente el despeñadero inmediato y la muerte segura.
También hay un distingo notable entre el gaucho de la pampa y el gaucho andino, en lo que respecta a la vivienda. Ésta es otra. Es el derivado lógico de un clima distinto, favorecido el gaucho de Mendoza y de San Juan por el sol magnífico, que le permite usar el barro y caña de su morada.
El arriero, el rastreador, el baqueano, son los prototipos de la región andina. En la pampa, es el domador de fuerzas notables el que acapara la atención y su principal condición de superioridad está en las habilidades del jinete.
Otras también son las luchas del criollo de los valles de Mendoza y de San Juan. Éstas se circunscriben con los duelos de la naturaleza, y se definen al calor de los elementos desencadenados que, al menor titubeo, le arrastran del fondo del abismo. Son las lluvias torrenciales que, en un instante, cubren de agua caudalosa las huellas y los caminos, despeñando de las montañas enormes moles; tempestades de nieve y de granizo; huracanes; todo ello gira y se torna motivo de lucha.
A esto agreguemos las interminables travesías, las huellas sin fin que se acuestan sobre los campos como cansadas de no encontrar nunca su meta, sin un ave, sin una flor silvestre, sin una tonalidad alegre, como si todo se confabulase a objeto de dar al gaucho, la sensación de un desamparo desconsolador…
No podemos desprender al hombre de su medio. La fisonomía del suelo, la montaña, todo en fin contribuye a que nuestro gaucho, el andino, se torne silencioso, poco expansivo, prudente, caviloso, humilde. El hábito de razonar antes de obrar va acumulando una indefinible tristeza que rara vez se disipa” (Canciones de mi Tierra, Alberto Rodríguez, 1943).

Arreos a Bolivia

Bolivia era excelente mercado para las bestias de carga que producía Jachal. Había arrieros de menta que preparaban grandes arreos de trescientos o cuatrocientos burros, mulas o caballos, que llevaban a la nación vecina.
Entre estos arrieros, recordamos algunos como Don José Giménez, Ramón Balmaceda, Rómulo Rodríguez, Norberto Echegaray y Felipe Videla. Delante de la tropa, los manseros los conducían las bestias cargadas con los víveres o bastimento (así los llamaban los nativos del lugar) que consistían en pan abizcochado, charqui y los vicios (yerba, azúcar y tabaco) y un barril de vino.
Para el transporte de estas vituallas usaban la petaca de cuero, especie de baúles o bolsas del mismo material que cargaban dos en cada animal atadas al recado, con torzales de cuero.
Los manseros los conducían a estos animales a distancia, se distanciaban de la tropa un rato antes de llegar al sitio donde se formaba el rial o rodeo; allí paraban todos, para comer y descansar.
Vale la pena que los mineros bolivianos que tenían como único medio de movilidad un burro y una mula adquirían uno de ellos a estos vendedores prefiriendo el más arisco porque creían que ello era cualidad de juventud. El criollo andino aprovechaba esta circunstancia no domar sus bestias hasta venderlas, aunque fueran viejas.
Los nombres consignados, fueron hombres populares, cantores y bailarines, que contribuyeron a la recopilación de campo, por la década del ‘20
Escritos de Alberto Rodríguez.


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